La dictadura fué complice con la Iglesia en crímenes: “Madres de la plaza de Mayo”

Buenos Aires, Argentina. Y la verdad continúa saliendo a la luz. Tal como lo ha determinado Jesucristo Hombre. Toda la maldad de la Iglesia católica escondida a través de los años, hoy se va conociendo por las noticias, evidencias y testimonios de todas las personas, que en una u otra forma han sido y son víctimas de su aparente piedad y disfrazada perversidad.

En un acto realizado en Plaza de Mayo, presidido por la representante de Madres, Hebe de Bonafini, y el abogado Roberto Boico, quienes ofrecieron argumentos políticos y jurídicos que respaldan los testimonios de cinco testigos sobre la complicidad de la jerarquía católica y la participación que tuvo el arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Mario Bergoglio, hoy papa Francisco I, en la desaparición de los sacerdotes de la Compañía de Jesús, Orlando Yorio y Francisco Jalics.

Así mismo, ofrecieron sus testimonios el sacerdote Rubén Dri y Jesús Plaza, sobrino del ex arzobispo de La Plata y capellán de la tenebrosa policía bonaerense en tiempos de la dictadura militar y del represor, general Ramón Juan Alberto Camps, sacerdote Antonio José Plaza.

En su momento, el sacerdote Eduardo De la Serna durante su testimonio recordó a través de una grabación las palabras del ex presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, Raúl Francisco Primatesta quien había manifestado: “Es tiempo de callar. Es tiempo de ser prudentes”. Palabras que De la Serna consideró como símbolos del silencio y complicidad de la Iglesia católica con los delitos de lesa humanidad de la dictadura.

De igual forma, De la Serna se refirió al monseñor Héctor Rubén Aguer, cuya foto fue expuesta junto a la de los ex presidentes, abogado Eduardo Alberto Duhalde y Federico Ramón Puerta, en uno de los paneles giratorios instalados al costado del escenario, y a quien señaló como el responsable de la desaparición del sacerdote Pablo Gazzarri.

De otro lado, otro testigo, Claudia Nigro, narró como el ex capellán del Servicio de Informaciones de la Jefatura de Policía de Rosario, lugar donde funcionaba un centro clandestino de detención, y actual párroco de la localidad de Casilda, Eugenio Zitelli (alias “El Gringo”), hizo caso omiso al pedido de auxilio de una de las víctimas. Nigro contó que  María Inés Luquetti de Vetamín, secuestrada junto a su madre, estando embarazada, le solicitó ayuda al capellán: “padre, aquí están pasando vejaciones horribles”. El religioso le contestó: “La tortura es un mecanismo de conseguir información política. Esto es una guerra”.

Aparte, Rubén Dri expuso que el ex titular de la Conferencia Episcopal de Buenos Aires, Antonio Quarrachino, fue uno de los impulsores”de la auto amnistía que se adjudicaron lo militares al final de la dictadura. Señaló que “hubo una complicidad de la jerarquía católica que no solo callaba ante los asesinatos sino que legitimó la dictadura militar,  a lo que agregó: “La doctrina de la Seguridad Nacional no hubiese podido existir sin esa legitimación”. Recordó que Quarrachino, para justificar el terrorismo de Estado, señaló:“Todos cometemos excesos por defender demasiado los valores cristianos”.

Por último, Dri relató el rol que desempeñó el arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Mario Bergoglio, en el secuestro de los curas de la Compañía de Jesús, Orlando Yorio y Francisco Jalics. Expuso que los nombrados “fueron expulsados de la Compañía de Jesús, que dependía de Bergoglio”.

El citado cardenal “le recomendó a Yorio que fuera a la diócesis de Morón, a cargo de monseñor Miguel Raspanti, quien a su vez le dijo “que no tenía lugar para él”, respondiendo así al pedido del actual arzobispo de Buenos Aires, el cual, “por debajo de la mesa le pidió que no los recibiera por ser subversivos”. Yorio recurre, en última instancia, a monseñor Juan Carlos Aramburu“quien, finalmente, les quita las licencias dejándolos así en manos de los militares”.

Por otra parte, durante el acto en Plaza de Mayo, se recordó también a los sacerdotes desaparecidos, Carlos Mujica, a los curas palotinos,Pedro DuffauAlfredo Nelly y Alfredo Leaden, a las monjas francesasAlice Domon y Leoni Duquest, y a los obispos, monseñor Enrique Angelelli y Juan Carlos Ponce de León.

El juicio ético a los culpables terminó cuando el tribunal compuesto por el público presente los condenó, por unanimidad y a mano alzada, a la pena simbólica de “reclusión perpetua”.

Eso es muy aceptable, lo que sí es repudiable es que los culpables, esos ladinos con sotana, no estén presos purgando en forma real una condena a perpetuidad por los crímenes cometidos y sigan muy orondos, libres y en contínuo ejercicio de su execrable sacerdocio. Pero, felizmente, solo por un tiempo más, Un muy corto tiempo más. Pues ya viene el gobierno de… ¡Jesucristo Hombre!